Rosa Elvira era como una de las millones de mujeres que viven en la gran capital, llena de sueños y esperanzas que se tuvieron que aplazar por la aplastante realidad que ofrece Bogotá: pocas oportunidades de trabajo, desigualdad social, entre otros problemas que sufrimos nativos y foráneos. Era conocida por ser una persona servicial, trabajadora además de una mujer muy atractiva.
Vendiendo minutos frente al Hospital Militar desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde mantenía a su hija de 12 años y pagaba el colegio donde validaba su bachillerato. De su puesto de trabajo salía hacia la institución educativa ubicada en la calle 57 con Caracas, “no era una persona de rumbas”, decían sus compañeros, sin embargo esa noche el destino le tenía preparada una macabra sorpresa. Después de unos tragos la vieron subirse en la moto de un conocido.
Cuando Javier Velasco llevó a Rosa Elvira al sitio que se convertiría para esta última en el infierno en la tierra, eran aproximadamente las 2:00 am. Salieron de estudiar el jueves 24 de mayo del año pasado y después de unas bebidas el homicida la recogió en su moto, cual lobo vestido de oveja que espera el mejor momento para atacar por la espalda. La llevó a un paraje aislado cerca de la Av. Circunvalar.
El parque Nacional es un área muy diferente a lo que uno se imagina, encima de las casetas donde se encuentran jugos muy buenos, desayunos completos que son deliciosos por cierto, hay una gran extensión de árboles y pasto, además del canal del río Arzobispo –que de río ya tiene poco- mejor dicho si uno se pierde en ese espectáculo natural puede llegar a la cima del cerro sin darse cuenta. La calle 36 pasa por entre el parque y está justo al frente de donde Velasco cometió su atroz crimen, es un clarito junto al canal del río donde se oye el canto de las aves a cada momento, ver un lugar tan apacible en la mitad de una urbe como Bogotá es un alivio, pero al recordar lo que ocurrió allí hasta el olor del aire cambia.
Después de que los ojos entraron en penumbra, el miedo primitivo a la oscuridad obliga a imaginar el mismo lugar pero de noche y a Rosa Elvira y los peores momentos de su vida, como éste criminal y pervertido la golpeaba y la violaba con sevicia. Mi compañera definió que el sitio tenía una “tranquilidad macabra” Ahora estoy de acuerdo con ella. ¿Cómo en un sitio tan tranquilo, donde el agua fluye cristalina, la tierra se siente fresca y no para de dar árboles y flores pudo pasar algo tan terrible?
La respuesta es sencilla, lo que el lugar tiene de apacible lo tiene de aislado. Desde el incidente de esta mujer los carabineros hacen presencia para apoyar la actividad de los patrulleros, que si bien esa noche hacían guardia, nunca oyeron nada. Rosa Elvira llegó hasta la parte baja del parque, allí la encontraron y se hizo presente uno de los problemas con los que más sufren los bogotanos, el sistema de salud. Con el Hospital San Ignacio a menos de 200 metros Rosa Elvira fue trasladada al Hospital Santa Clara, en el centro, todo porque su plan de salud no permitía que fuera atendida en la primera entidad. Rosa Elvira moriría cuatro días después por una peritonitis.
¿Ningún carro bajaría en ese momento o no se percatarían de lo que estaba pasando? ¿Cómo logró llevar hasta allá a Rosa Elvira? ¿La obligó? ¿Fue con su consentimiento? Esas preguntas no tienen respuesta. Todo se quedó allá esa noche. –La señora es una dura, haber llegado como estaba hasta la parte baja del parque a buscar ayuda, eso no lo aguanta cualquiera- pienso. En el momento en que se cierran los ojos un nuevo abanico de preguntas surge pues muchas veces lo esencial no está a la vista, como en éste caso.
La lápida y el pequeño jardín lleno de flores hermosas que se hicieron en memoria de esta valerosa mujer es un símbolo que nos recuerda la situación de violencia que sufren las mujeres en Colombia, pero que como la mayoría de monumentos en honor a nuestros muertos se queda en eso nada más, en simbología. Al menos los vándalos no lo han ultrajado como suelen hacer con otros monumentos de la ciudad.
Velasco fue capturado días después y su identidad fue puesta al descubierto, ya había estado en la cárcel y saló por “loco”, presuntamente violó a su hijastra de 13 años de edad y acabó su carrera criminal enviciándose con Rosa Elvira. Fue condenado a 60 años de cárcel, que para todo el dolor y la indignación que éste tipo causó parece muy poco, pero esas son nuestras leyes y no podemos hacer nada, al menos por ahora.
Andrés F. Bossa
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