jueves, 21 de noviembre de 2013

El ladrón de bicicletas

Bajo la cornisa del viejo edificio esperaron Antonio y su hijo más de una hora a que la lluvia amainara. Los dos en silencio se miraban de vez en cuando, pero su atención estaba puesta en un vago anhelo de que por la calle empapada apareciera el ladrón montado en la bicicleta hurtada para poderlo interceptar y darle su merecido.
Llegaron a la casa muertos de frío, de hambre y lo peor con la pesadumbre que solamente provoca el fracaso, María entre sollozos los abrazó y les sirvió un plato de la poca comida que les quedaba. Como era de suponerse la angustia no dejó dormir a ninguno de los dos -¿Qué voy a decir mañana en el trabajo?- se preguntaba una y otra vez Antonio –Lo van a echar y ahora que vamos a hacer ya no queda mucho en la alacena y encontrar un empleo decente en estos tiempos es muy complicado- pensaba María mientras lo miraba de reojo.
Y así fue, al día siguiente Antonio fue notificado por su jefe que dado que no poseía los elementos suficientes para cumplir con su labor no podía seguir laborando. Ya se veía venir así que si bien el golpe fue duro no lo sorprendió. Esas semanas fueron iguales a muchas anteriores: la espera entre la multitud que acudía al servicio de empleos, María lavando ropa y haciendo cuanto oficio podía para llevar algo de comer a casa, en resumen la vida de un desempleado.
-¡Antonio la encontramos, la encontramos! Dijo a grito entero su amigo desde la calle, en aquellos días Antonio solo se levantaba y sin esperanza alguna salía a ver que le deparaba la calle, generalmente eran lluvias y rechazos en todos los sitios a donde buscaba empleo. Bajó volando y casi sin abrir la puerta se montó al camión, estaba feliz, exaltado, mojado, incluso se olvidó del dolor que le propinó el haberse golpeado con el marco de la puerta del vehiculo. – ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Quién fue? ¿Está completa?- se le atiborraban las preguntas y ya tenía desesperado al conductor amigo suyo –Cálmese Antonio o lo dejo acá y no le digo donde está su bicicleta-.
Una bodega enorme los recibió, al entrar la bicicleta estaba recostada sobe un muro estaba en buenas condiciones, Antonio la abrazó como si fuera la Copa mundial de fútbol. Su amigo se había quedado después de la lluvia en Plaza Vitoria y por pura casualidad se estrelló con el malhechor quien ya llevaba el marco para pintarlo, el 12355 llamó su atención y al comprobar que en efecto era la de Antonio llamó rápidamente a un policía que pasaba también –ese día la suerte estuvo de nuestro lado- le decía a Antonio, el tipo trató de huir pero más adelante un grupo de vendedores lo aprisionaron, por que como dijo uno de ellos anteriormente “Plaza Vitoria está llena de gente honesta”.
El acondicionamiento duró un tiempo por eso no se la dieron apenas la encontraron –es un regalo de despedida Antonio, me voy para Estados Unidos a buscar mejor suerte-. Antonio lo abrazó como solo los amigos de verdad lo hacen.
Volvió a la empresa que lo había despedido y después de un par de años de trabajo duro consiguió el puesto del hombre que lo había despedido, lo puso a trabajar pegando afiches y a él también le robaron la bicicleta, pero en vez de echarlo a su suerte lo que hizo fue darle una nueva y a todos los de su sección los dotó de cadenas para que aseguraran su bicicleta cuando no la tuvieran a la vista.

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